Director:  Lic. Francisco Ferrara - Nueva Epoca, N° 8. Agosto de 2018
13 de octubre Día del Psicólogo

Julio 2018

El momento de Argentina

El país vive una etapa marcada por rasgos nuevos que obligan a una consideración cuidadosa y, en lo posible, despojada del uso de claves de interpretación que pudieron ser útiles tiempo atrás. Es decir, en la comprensión de las cuestiones políticas que se expresan en la actualidad, es necesario, al mismo tiempo, revisar rigurosamente los instrumentos de análisis que utilizamos.

Posiblemente el rasgo más llamativo de los tiempos actuales sea el acceso al gobierno de una fuerza conservadora, neoliberal, por medio de elecciones democráticas. A lo largo de la historia esos sectores gobernaron mediante el uso del fraude, los golpes de estado o manejando tras bambalinas a presidentes obsecuentes. Nunca, hasta hoy, una fuerza representante directa de la Sociedad Rural, los grupos financieros,  los monopolios concentrados de la industria, el comercio y  los medios de comunicación había ganado las elecciones y se había hecho con el gobierno con la legitimidad que otorga nuestra democracia representativa.

Es, por eso, pertinente  hacer un análisis de los elementos que juegan en este escenario, a fin de facilitar tanto la comprensión como la operación sobre una realidad profundamente modificada tras las elecciones de 2015.

En primer lugar resultaría saludable abandonar la larga indignación sobre los rasgos del actual gobierno. ¿Son de derecha? Sí. Lo son. ¿Sus cuadros, desde el presidente para abajo, provienen de los organigramas de los grandes grupos empresarios? Efectivamente. ¿Sus políticas tienden a favorecer a los ricos y son netamente perjudiciales para los pobres y los sectores medios? Lo hacen. ¿Están contra la defensa de los derechos humanos y los juicios contra los genocidas? Lo están. ¿Y qué? ¿Hasta cuándo seguiremos cargando las tintas sobre la caracterización del gobierno de Cambiemos? Valdría más ponerse a pensar sobre el dato realmente alarmante, y que desconcierta si se sigue reflexionando con conceptos tan vagos como “pueblo” o “masas”, y se apunte a cómo fue posible que el electorado mayoritariamente se inclinara por la fuerza que hoy gobierna. Podríamos seguir buceando en ese dato inesperado y preguntarnos por qué la mitad de los votantes de la capital federal elige a una figura tan grotesca como Elisa Carrió como su representante.

Es ahí donde se encuentra el hueso de la cuestión y no en cuánta plata tienen en las cuentas off shoreel presidente y sus ministros. Por otro lado, qué otra cosa podrían hacer si son miembros de una clase tradicionalmente parasitaria, codiciosa, insaciable, egoísta. Lo otro es lo sorprendente, que millones de almas sean capaces de votar por sus explotadores, que los corderos prefieran al lobo, que, en fin, la política del amo sea la elegida.

Algo debe haber pasado en nuestra historia social para habilitar tal resultado. Y ese algo merece ser analizado con cuidado y sin valernos automáticamente de categorías desgastadas por el uso y los tiempos. Por ejemplo, cuando caracterizamos al capitalismo, y a su expresión actualizada, el neoliberalismo, como un fenómeno económico y enfatizamos su carácter expoliador estamos dejando peligrosamente de lado dos aspectos que desmienten o relativizan esas afirmaciones. Uno es que el propio capitalismo se puede definir no sólo como un modo de producción, sino también como una máquina de subjetivación, otro que el capital asume el control de la carga de deseo que porta la humanidad. Estas dos ideas, expuestas por Maurizio Lazzarato en su artículo “La máquina” y anticipadas por Foucault[1]y Deleuze[2], ayudan a comprender la trama íntima de un fenómeno que, socialmente, se expresa en esta sorprendente  opción por la derecha de los votantes argentinos.

 

Si el neoliberalismo constituye efectivamente una especie de “máquina de subjetivación”, entonces cabe poner a foco las operaciones que efectúa y los medios de que se vale para lograr ese efecto.

¿Qué significa “máquina de subjetivación”? Que una serie de dispositivos operantes en nuestras sociedades establecen las condiciones para poder pensar, los patrones con los cuales se construye nuestra racionalidad. Si antiguamente esa función la cumplían los espacios de encierro que definió Foucault, (familia, escuela, fábrica), hoy, caídos en crisis esos espacios, son los medios de comunicación y nuestras prácticas en el mundo del consumo los responsables de inducir a los sujetos contemporáneos. Y si los antiguos mecanismos funcionaban por medio de la disciplina, obturando el deseo, reprimiendo, hoy el neoliberalismo se despoja de cualquier modalidad represiva para orientar, conducir, canalizar los deseos, con lo cual la ilusión de ser partícipes de esas operaciones nos impide ver las cadenas a las que estamos atados. “Estamos bajo la servidumbre a una máquina en tanto constituimos una pieza, uno de los elementos que le permiten funcionar. Estamos sujetos a la máquina en tanto que somos sus usuarios” dice Lazzarato en “La Máquina”. Y máquina no designa sólo a los aparatos tecnológicos, “La máquina tecnológica es sólo un caso de maquinismo. Hay máquinas técnicas, estéticas, económicas, sociales, etcétera”.

Estas operaciones son las que dotan al neoliberalismo de su gran vitalidad, del enorme poder que, paradójicamente, sujeta más cuanto menos se nota. Deseamos, el sistema se encarga de proporcionar salida a ese deseo por la vía del consumo, la satisfacción nos torna dependientes, la dependencia nos ata irremisiblemente al sistema. ¿O acaso seríamos capaces de renunciar a los  teléfonos celulares si descubriéramos su función esclavizante?

No sería un gesto fácil de realizar. Y en eso se basa el poder del sistema. Así lo plantea Fernandez Savater: “El neoliberalismo no sólo reprime o disciplina, sino que intensifica las energías: moviliza, agita, estimula. El “tipo humano” que produce y reproduce ya no es el “homo economicus”, sino lo que podríamos llamar el “maximizador” animado por el deseo de siempre-más. El maximizador no busca el ahorro, la moderación, la sobriedad o la seriedad, sino la superación indefinida de sí mismo: formación continua, máxima flexibilidad, evaluación constante, competencia permanente, etc. (…) El neoliberalismo ya no nos dice no (“no puedes”), sino sí (puedes y debes). No nos fuerza como un poder exterior, sino interior y voluntario. No reprime el goce (o no pone el goce en la represión), sino que lo suscita. Es una modulación del deseo de la que parece mucho más difícil escapar”[3]

En ese entramado de operaciones se va organizando nuestra racionalidad, nuestra manera de ser y querer, nuestro modo de ser personas. Si “queremos más” entonces estaremos dispuestos a escuchar a quien nos prometa ese “más”, no importa quién sea ni que antecedentes tenga. Bienvenidos sus globos de colores y su propuesta de cambio. Este es el mecanismo que facilita la opción por Cambiemos, y explica lo inexplicable.

Sin embargo, hay momentos en que ese flujo deseante se interrumpe, “Hay también instantes de apagón colectivo. Algunos fragmentos de la sociedad se ponen entonces a vibrar juntos. A veces reivindican algo y otras no, a veces tienen un discurso elaborado y otras no: lo importante es que se organizan de modo que la forma de vida neoliberal es cuestionada. Se vive distinto, se le agarra el gusto a un existir distinto. Por un lapso de tiempo se pone fin a la angustia, a la ansiedad, a la carrera loca del hamster. Las energías se trasvasan del trabajo y el consumo al sostenimiento de un momento de vida colectiva. Ya no queremos estar en otro sitio más que donde se está. Tenemos todo el tiempo del mundo. Concentración máxima de la energía. Agotamiento, pero agotamiento feliz. Se volatilizan muchas de las patologías de la vida cotidiana y el deseo se regenera”.[4]

Algo de esta magia colectiva se vivió en las calles de Buenos Aires en las jornadas “verdes” de lucha por la despenalización del aborto. Y fue evidente, en ese fluir de energías gozosas, festivas, plebeyas, que el flujo puede ser interrumpido, que el deseo puede ser regenerado, que otro modo es posible.

Francisco Ferrara

Junio 2018

[1]Foucault, Michel. Nacimiento de la biopolítica

[2]Deleuze, Gilles. Postdata a la sociedad de control

 

[3]Amador Fernández-Savater.  Políticas del deseo: retomar la intuición del 68

Publicada el 12 de mayo de 2018

 

[4]Idem.

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